¿Cómo hemos llegado a ser criaturas sensibles?

¿Cómo enfrentar la fragilidad de nuestra existencia?

El desarrollo y evolución del cerebro constituye un viaje que vincula todas las mentes en un proceso evolutivo interminable. Tener un propósito en la vida aumenta nuestra salud y bienestar.

La mente se origina a partir de la necesidad de los organismos y las comunidades celulares de gestionar eficientemente su presupuesto corporal. Ya sea una bacteria en busca de alimento, un gusano en busca de pareja, una madre chimpancé cuidando de su cría o un humano yendo a trabajar, todos compartimos una mente común. Aunque la bacteria carezca de neuronas, el gusano no tenga cerebro y el chimpancé no posea un habla tan sofisticada como la nuestra, todas nuestras mentes participan en un mismo proceso de respuesta a la incertidumbre del entorno, basándose en innovaciones previas.

Surge un momento de autoconciencia, una evolución cerebral vinculada al lenguaje, una forma de atención compartida que permite a las mentes humanas compartir experiencias complejas, contribuyendo así a la continua expansión del proceso evolutivo y transformando nuestras mentes en una supermente.

Este proceso nos lleva a reflexionar sobre el sentido de la vida, una pregunta crucial, ya que el sentido de la vida está relacionado con una menor incidencia de infartos, menor mortalidad y mayor bienestar frente al dolor crónico. En 2019, se publicó el estudio «Association between life purpose and mortality among US adults older than 50 years», que incluyó a 6,985 participantes que respondieron a un cuestionario que evaluaba su grado de sentido de vida. Aquellas personas que puntuaron muy bajo tuvieron hasta el doble de posibilidades de fallecer en cinco años, de manera independiente de factores como la riqueza, el sexo, la raza o la educación.

RECURSOS PARA PROFUNDIZAR